viernes, 5 de diciembre de 2008

Dos

Quiero que apagues la luz, quiero que veas al fin, que las cosas que son importantes, no cuestan dinero, no las compra nada ni nadie. Son solo gestos del corazón.
Quiero que apagues la luz, quiero que entiendas que así, no te hace falta verme a la cara. Que para decirte las cosas que entienden al alma solo puedes escuchar mi voz.
Quiero que todo sea poco, quiero que nada te alcance y que conquistes a todos y que yo solo te baste.
Quiero que cierres los ojos, al menos por un instante. Y verás, que no habrá nada mejor.
Quiero que apagues la luz, que te refugies aquí. Que los asesinos tienen varios papeles, que acecharán a tu vida tan solo por lo que crees. Que siempre habrá una salida, en los dos.
Quiero que apagues la luz, y que confíes en mí, que afuera nunca estamos a mano con nadie. Aunque seas inocente, dirán que sos culpable. Quiero que tengas presente, que siempre estaré.
Quiero que apagues la luz, cuando yo ya no esté aquí, quiero que tengas presente, que siempre

estaré.




miércoles, 3 de diciembre de 2008

Silencio

En medio de este mundo que no para de girar un segundo y entre tanto bullicio, es difícil tomarse un minuto en el que todo paré y este en paz. Y yo creo que más que por falta de tiempo, se debe a la costumbre de la aceleración y el hábito de una distracción. El silencio es lo necesario para recordar qué es lo esencial e irónicamente es lo último que recuerdo buscar. He llegado a cuestionarme cuál es el problema con el silencio. Pareciera una palabra árida, desolada. Se me viene a la mente un desierto Y la única respuesta coherente que me surge es que el silencio es demasiado atemorizante porque en ese lapso de tiempo nos miramos a nosotros mismos a los ojos y nos encontramos con lo que puede ser nuestro mejor amigo, o nuestro peor enemigo. La única persona que nunca se puede ir de acá, la única que no importa cuánto lo echemos a perder, nunca se irá lejos. Nosotros mismos.

Elizabeth Gilbert es la autora del best seller Comer, rezar, amar. En el libro cuenta su experiencia de cómo luego de separarse de su esposo y en medio de una crisis espiritual, se encontró con Dios, con ella misma, y emprendió un viaje por Italia, la India e Indonesia. Ella cuenta que el silencio fue imprescindible para que pudiera escuchar lo que su corazón y su mente tenían qué decirle en su libro:
“Estuve diez días en una isla diminuta que se llama Gili Meno, una isla al este de Bali, en el archipiélago Indonesio. Había decidido pasar diez días sola y en silencio, en el medio de la nada. Mi triste mente era un campo de batalla lleno de demonios enfrentados… Le dije a todos mis huestes en conflicto: ‘Estamos todos juntos en esto y nos hemos quedados solos. Vamos a tener que arreglarnos para llevarnos bien; porque si no, tarde o temprano moriremos en el intento… Cerré el pico y me juré a mí misma no volver a abrirlo hasta que algo cambiara en mi interior. Me quedaba sentada mirando. Miraba mis ideas, mis pensamientos y a los pescadores. En un momento empezó a salir todo a flote… Me sentía como una drogadicta en proceso de desintoxicación… Lloré mucho, recé mucho… Todos mis pensamientos y recuerdos tristes fueron levantando la mano, uno tras otro, y se pusieron de pie para identificarse. Al contemplar cada uno, yo asimilaba su existencia… Al terminar, me quedé vacía. Ya no tenía la mente en guerra.
Me miré por dentro del corazón y me asombró lo grande que me pareció”.

No creo que sea necesario esperar un divorcio, un vuelo gratis a Indonesia o el afán de escribir un libro lo que debería llevarnos a buscar el silencio. Creo que lo es necesario para aprender a convivir con nosotros mismos, desterrar todo lo que no nos gusta, aceptar aquello que no podemos cambiar, y sentirnos en paz,


para así seguir adelante.